La adversidad temprana en el sistema judicial

La adversidad temprana en el sistema judicial

Las personas que han sufrido adversidad temprana y traumas se ven a menudo involucradas en situaciones que les llevan a cometer actuaciones delictivas de diferente índole: a veces derivadas de revivir continuamente esas experiencias traumáticas que vivieron en los primeros años de su vida y sentir que el mundo es un lugar hostil en el que se perpetúan repetidamente ese tipo de situaciones; otras veces debido a que ese trauma ha derivado en una conducta adictiva y dicho consumo tóxico les hace “meterse en líos”  cuyo riesgo no saben identificar a tiempo o bien porque se enfrentan a sus familias o a las autoridades policiales porque les recuerdan las amenazas que en su día vivieron (en muchas ocasiones, debido a la disociación que sufren).

Cuando llegan a la mayoría de edad, este tipo de situaciones les puede producir una gran vulnerabilidad porque en muchas ocasiones se encuentran muy desprotegidos y les puede poner en riesgo de volver a encontrarse situaciones retraumatizantes.

Cuando un policía detiene a algun@ de est@s chic@s lo hace por el hecho delictivo y en ese momento no se tiene en cuenta más allá del hecho delictivo. 

Hace unos meses y, debido a la detención de uno de nuestros chicos, llamé por teléfono a la comisaría, tratando de explicar a la policía que la persona detenida sufría una discapacidad y pregunté si me podían facilitar el contacto de su abogado de oficio o a la inversa. Ni un intento ni otro me sirvió para nada y, lamentablemente, me sentí frustrada en todos mis intentos ya que la policía me repetía que era el juez quien tenía que valorar al día siguiente su discapacidad y que ellos se limitaban a actuar ante los hechos delictivos y tuvo que pasar la noche en el calabozo. 

Sobra decir el enorme daño que supone esto para una persona que ha sufrido repetidas experiencias traumáticas a lo largo de su vida y que una vez más volvió a enfrentarse a una experiencia traumática como es una detención y el hecho de sentir la amenaza, la angustia y el miedo atroz de pasar la noche en el calabozo en estado hipervigilante. 

Ante este tipo de situaciones hay que lidiar con el desconocimiento generalizado existente en tantos ámbitos sobre las implicaciones que la adversidad temprana tiene en las personas mayores de edad: desconocimiento por parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, desconocimiento por parte del sistema judicial e incluso desconocimiento en los centros de salud mental públicos (y privados, no especializados en trauma y apego), lo que ocasiona una gran desprotección y vulnerabilidad de est@s chic@s.

¿Qué se puede hacer con este panorama tan complicado? desde mi posición como trabajadora social de Apananá (Servicio de Postadopción y Acogimiento) creo que la prioridad está por encima de todo en lograr que est@s chic@s no se sientan “solos ante el peligro”. Que ese “sentirse sentidos” desde la infancia del que hablamos los que nos dedicamos a esto, siga manteniéndose cuando crezcan. Esto supone hacer un trabajo de vinculación con ellos muy minucioso: esta vinculación no consiste en verlos una hora a la semana en el despacho, supone un proceso de acompañamiento mucho más extenso: conseguir poco a poco su confianza y adherencia a los tratamientos, conseguir un reconocimiento de discapacidad en los casos en los que sea posible (desgraciadamente no todos tienen un diagnóstico ajustado a su realidad (muchos de ellos están metidos en el “cajón desastre de los diagnósticos” porque pocos profesionales achacan sus dificultades al trauma y al apego). Al menos, este reconocimiento de una discapacidad  les puede proteger ante la justicia. Es importante que encuentren un profesional de confianza que les  acompañe en todo este proceso (los trabajadores sociales podemos ejercer un papel importante en ello, ya que, a pesar de lo que desgraciadamente muchas veces se piensa, nuestro trabajo no es meramente burocrático y en nuestros orígenes profesionales y vocación está el trabajo de campo). En determinadas instituciones y debido al desbordamiento de trabajo al que están sometidos muchos trabajadores sociales no pueden acometer la gran dedicación que esto conlleva, pero en cambio, los que trabajamos en el sector privado podemos aportar este plus y realizar este acompañamiento detallado que sirva como nexo de unión en la red de apoyo que est@s chic@s necesitan, para que poco a poco puedan ir encontrando otros espacios y profesionales de apoyo que les aporten seguridad y puedan sentir que es un trabajo coordinado y en red.

Y, en aquellas situaciones en las que deben acudir a los juzgados por diferentes causas, que puedan contar con la presencia y acompañamiento de ese profesional de apoyo que le aporta calma y seguridad en ese momento.

Afortunadamente, en el caso más arriba mencionado, presentarme como trabajadora social del chico que acompañaba, ayudó a que me permitiesen entrar con él (tanto en el juicio inicial como en la posterior citación del médico forense) y esto supuso una gran diferencia para él. Conforme se iba acercando el momento de testificar su cuerpo comenzó a temblar como si volviese ese niño pequeñito que había sufrido adversidad temprana y comenzó a bloquearse. Afortunadamente y, al contrario que otras veces, tuvimos la suerte de dar con profesionales sensibles en los juzgados, que supieron ver y entender lo que estaba ocurriendo y que fueron también un importante apoyo para transmitirle calma y humanidad. Pero no quiero ni imaginar cómo habría aumentado este sufrimiento si se hubiese tenido que enfrentar solo a todo esto. 

Es por ello que, cada vez más, entiendo que no sólo deben estar especializados en trauma y apego los psicólogos. Debemos estar también formados y preparados los trabajadores sociales, educadores sociales, psiquiatras, médicos de cabecera, abogados, policías, profesorado… Sé que es demasiado ambicioso, pero si no se empieza por los cimientos, continuaremos fallando como sociedad.