Creando vínculos entre magdalenas y café

Creando vínculos entre magdalenas y café

Cuando conocí a Rubén (nombre ficticio) mis primeras “citas” con él consistieron simplemente en fomentar mi paciencia y resistencia ante sus plantones: unas veces importaba poco, porque me encontraba en el despacho y podía aprovechar ese tiempo para continuar trabajando, y otras veces, esos plantones eran más fastidiosos porque me suponían desplazarme y esperar plantada en la calle (con lo mal que yo llevo el frío).

 A veces, después de largas esperas, tenía que volver sin éxito, ya que Rubén no se presentaba y, otras veces, al menos conseguía que apareciese aunque fuese media hora o 1 hora más tarde. ¡Cuántas carreras nos hemos pegado juntos porque llegábamos tarde a sus citas médicas y cuántas otras he tenido que convencer a los médicos de que le atendiesen porque ya estaba llegando!

Hace poco y, después de casi 2 años junto a él, le comentaba que ahora entiendo que cuando nos conocimos me diese tantos plantones: no me conocía y no se fiaba de mí y además, había tenido una sucesión de desastrosas experiencias con otros profesionales y del único profesional en quien confiaba hasta el momento era de mi compañero César, pero yo era nueva en su vida. 

Todo esto hacía que Rubén no estuviese dentro de un circuito de protección social: no tenía siquiera el seguimiento de Salud Mental que precisaba, ni siquiera identificado un diagnóstico y mucho menos, un reconocimiento de su discapacidad que, en su caso, pudiese protegerle.

Tuve que ingeniar distintas estrategias para que pudiese ir encontrando cierto atractivo para venir a mis citas. Dentro de estos “atractivos” resultó que la comida ejerció un papel importante para él, empezando por cambiar el lugar y la hora de quedar: en vez de quedar en la salida del metro, comenzamos a quedar en la que llamábamos “nuestra cafetería” una hora antes de las citas. Allí le invitaba a un gran desayuno o merienda, que le ayudaban a relajarse antes de acudir a las numerosas citas médicas y además le ofrecían estructura, ya que muchas veces venía sin haber desayunado o comido porque se le había olvidado o porque no tenía interiorizado un orden en los hábitos básicos de su vida personal, entre ellos la alimentación. Recordemos que si no tenemos cubiertas las necesidades básicas, no tiene mucho sentido cubrir otras necesidades superiores porque faltan los cimientos de la casa, como nos enseña la pirámide de Maslow o la casita de Vanistendael.

Entre café y bollito nos echábamos unas risas y aprendí a escucharle atentamente y entender todo el trasfondo que había detrás de su discurso que, a simple vista, parecía incoherente, pero que escondía todo el dolor y el daño que Rubén había sufrido injustamente en los primeros años de su vida. Así fue como, poco a poco, el vínculo se fue estrechando entre ambos. 

Aprendí a entender sus sentimientos y la expresión de estos, de maneras muchas veces estrambóticas, pero que eran las que le habían ayudado a sobrevivir y sostenerse ante un mundo que para él había resultado hostil tan a menudo.

Este verano, por fin y tras mucho aplazarlo, vi por fin la película “The joker” con grandes expectativas, pero sin embargo y, a pesar de la magnífica interpretación del actor Joaquin Phoenix, me causó una gran tristeza, ya que aunque en varios aspectos veía reflejada la vida de Rubén, me decepcionó enormemente el estigma que todavía continúa sobre las personas con trastornos mentales, asociadas a que son agresivas y “hay que ir con cuidado con ellas porque se les puede cruzar el cable y de repente volverse violentas y agresivas” lo que fomenta muchísimas veces el miedo que produce tratar con una persona con un trastorno psicológico y el rechazo al que se enfrentan tantas y tantas veces. 

Sin entrar en más detalles en la película, y continuar centrándome en la intervención con Rubén, lo que entendí que él necesitaba era simple y llanamente que viese a la persona que es, sin importar su cobertura sino lo que realmente hay dentro de esa cobertura. Es como los bombones que le ofrezco últimamente cuando viene a verme semanalmente a Apananá. No es el envoltorio que hace ruido y puede rechinar, si no el bombón dulce que aparece dentro, cuando se deja ver sin capas. Es simplemente esa necesidad de volver a los cuidados básicos, a veces como una “ mami”, de ofrecerle mimos a través de las necesidades básicas (como ese café con magdalenas), de escucharle con oídos y ojos sin juicio, de prestar todos los sentidos a lo que hay detrás de sus palabras, muchas veces desordenadas; de lo que intenta transmitir en esas palabras, que a veces escribe y otras veces canta y plasma en los sonidos de su guitarra. Es su necesidad de sentirse la persona que es, valorada y querida, tal cual es. Es la necesidad de sentirse que “no todo está perdido con él” porque nada hay predestinado y nunca hay que dar nada por sentado ni desistir. A pesar de contar con un trastorno psicológico que no debería sufrir y que, en gran parte es fruto del cúmulo de situaciones adversas injustas  que nunca debería haber vivido, y de una sociedad que ha fallado en sus sistemas de protección, y le ha dejado desprotegido durante tanto tiempo agravando su situación.

Así es como, poco a poco, Rubén se ha convertido en una persona muy especial en mi vida. 

Belén Ruiz de Miguel

Trabajadora social especialista en adopción y acogimiento

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