Maltrato institucional

Maltrato institucional

 

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Hace unas semanas acompañé a un chico que atendemos en Apananá al Centro de Salud Mental, donde tenía cita con un psiquiatra que le atendía por primera vez.

 La razón por la que yo le acompañaba es porque, entre otras cosas, le estoy apoyando en la tramitación de solicitud de discapacidad. 

Cabe mencionar que mientras esperábamos en la sala de espera nos entregaron un formulario de 5 páginas que X debía cumplimentar ya que, según nos comentaron, era el protocolo establecido. A lo largo de esas 5 páginas figuraba un completo repertorio de preguntas muy personales e íntimas. X, que había acudido tranquilo a la consulta, se fue calentando con el extenso cuestionario y, a mi forma de entender, con toda la razón, me comentó que esas preguntas se las debía hacer el profesional directamente en la consulta y no por escrito (también hay que tener en cuenta que parte de su psicopatología le produce una especial desconfianza hacia los demás, por lo que no me parece un protocolo muy acertado para un paciente con una enfermedad mental…no pude evitar pensar que si hubiese asistido él solo a la consulta, ese habría sido motivo suficiente para que no entrase en la consulta). 

Una vez entregado el formulario, nos recibió un psicólogo muy amable que nos acompañó al despacho del psiquiatra. Supongo que éste estaría de prácticas porque se limitó a observar y a anotar.  

El objetivo de mi asistencia era acompañar a X para asegurarme de que acudiese a la cita pero también para explicar al médico que para la solicitud de discapacidad necesitábamos un informe actualizado de su estado de salud mental y que además X necesitaba seguimiento de Salud Mental que no estaba recibiendo así como la supervisión de su medicación para poder llevar una calidad de vida mínimamente digna. Primer aspecto que detecté que no le sentaba bien al médico (ese rechazo que tienen muchos de ellos a redactar informes).

Sin embargo, el médico accedió a que yo estuviese presente en la consulta tras pedirle permiso y que X corroborara su deseo de que yo estuviese.

Desde el principìo el comportamiento del Dr. me chirrió por cómo estaba dirigiendo la entrevista. Pero nunca habría imaginado en lo que desencadenó.

X, debido a su estado de salud mental y a sus experiencias previas, se mostró crítico con el colectivo de psiquiatras y ante una pregunta del Dr. (en mi opinión, nada acertada), X le contestó que él era el profesional y como tal debería saber la respuesta. A pesar de ser una respuesta socialmente inadecuada, cabe destacar que X presenta una psicopatología y que en ningún momento se mostró agresivo ni física ni verbalmente más allá de esa contestación (es decir, ni alzó el volumen de voz, ni emitió insulto alguno ni mucho menos realizó comportamiento alguno que pudiese vislumbrar avecinarse cualquier tipo de agresión física). 

De repente, y ante mi total asombro, el que entró en cólera fue el propio Dr. quien, ni corto ni perezoso me inquirió con una cara totalmente enojada: “ ¿Es siempre tan desafiante”?  Y sin esperar mi respuesta (que en ese estado tampoco se la iba a dar) se dirigió a continuación a X, totalmente enfurecido y alzando la voz muy considerablemente: “ ¡¡¡No tolero que un chico de veintitantos años y sin estudios me diga cómo tengo que hacer mi trabajo. Esto no lo consiento. Aquí ha terminado la consulta, fuera del despacho!!!! Gritó. Pude ver que hasta le temblaban las manos de lo enfurecido que se había puesto.

Yo me quedé petrificada. ¿Cómo reaccionar adecuadamente ante una falta de autocontrol tan grande por parte del que se supone un profesional que debería estar sobradamente preparado y conocer las características y dificultades de la población a la que atiende? ¿cuánto más un profesional cuyas canas y arrugas deberían ser signo de una gran experiencia? Nada más lejos de la realidad…

Mi reacción, equivocada o acertada, fue salir del despacho junto a X sin entrar en la discusión, pues dentro de mi paralización,  intenté evitar un conflicto mayor (tampoco tenía sentido intentar defender a X ante alguien fuera de sí). 

X y yo nos dirigimos al mostrador de entrada a poner una reclamación. En un momento determinado que salí a atender una llamada, salió el Dr. y al ver allí a X le dijo que si no se iba inmediatamente llamaba a la policía. 

Por si no hubiera actuado ya antes desastrosamente, terminó de rematarlo. 

El resto de la mañana la pasamos poniendo reclamaciones; solicitando nuevamente un cambio de psiquiatra; intentando conseguir que nos diesen una nueva cita e intentando calmar a X. 

Vamos, que toda la movilización que nos había supuesto lograr que X acudiese a la cita (que os puedo decir que se trata de un proceso de mucho tiempo de continuos recordatorios y llamadas) se había ido al garete por una falta de autorregulación del psiquiatra.

Esa mañana la reclamación había sido escrita y presentada por X y yo no dejaba de pensar si debía presentar otra como profesional que asiste a tal maltrato institucional, pensando que no se podía permitir tal desprotección de los pacientes (más si cabe cuando X proviene de una situación de desprotección, maltrato y vulnerabilidad en sus primeros años de vida).

Después de comentar todo lo sucedido con mi compañero César, no me quedó ni la más mínima duda de que debíamos proteger a X y para ello efectivamente debía presentar mi propia reclamación como profesional que presenció una inadecuada praxis médica. 

El mismo día que presentaba mi reclamación, pero unas horas más tarde, me llamaba la madre de X para decirme que había llegado una carta en contestación a la reclamación de X, que decía que lamentaban mucho lo ocurrido pero no se podía permitir más de un cambio de médico al año. ¿Cómo puede tener la Administración un procedimiento tan cuadriculado? Si el propio médico había echado de la consulta a su paciente…

A día de hoy todavía estoy a la espera de contestación a mi reclamación, que dado este resultado tan decepcionante no sé si cambiará en algo la respuesta, cosa que me extraña.

Todo esto me hace pensar que quien debería ser más protegido lo que se encuentra es justo lo contrario: profesionales que carecen de profesionalidad y que han perdido su vocación si es que algún día la tuvieron; Administración que no atiende a situaciones particulares y protege al mal profesional en lugar de al ciudadano maltratado; consecuencias irracionales… ¿qué tipo de atención médica puede recibir ahora X de ese Dr. que explotó con toda su ira y le echó de la consulta? ¿qué más se puede hacer? ¿qué más se puede esperar?

¡Desde luego que este maltrato institucional en ningún caso se debería permitir! Desde aquí lo poquito que queda es mi denuncia.

Belén Ruiz de Miguel

 

 

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