Hay gente maravillosa

Hay gente maravillosa

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Hace poco coincidí con una niña y su madre en una tienda de regalos, decoración, complementos y artículos variados de lo más original, protagonizando ambas una escena que me pareció entrañable y sobre todo admirable. La niña, posiblemente no tan niña, jugaba sorprendida con cada uno de los artículos que le llamaban la atención, sentándose en el suelo y jugando como probablemente lo haría una niña de menor edad que ella. De repente se levantaba dirigiéndose a otra estantería buscando otro objeto con el que jugar y volvía a sentarse con entusiasmo. Era como si fuera la primera vez que entraba en un establecimiento así, no escondiendo la  sorpresa y entusiasmo que despertaban en ella cualquier artículo que allí hubiera, fuera original o no. Y tal vez era la primera vez. Sus rasgos eran asiáticos, y los de la persona que le acompañaba eran rasgos occidentales. Posiblemente no había ningún vínculo biológico. Y fue esa persona que le acompañaba y que probablemente fuera su madre, tal vez adoptiva, quien despertó del todo mi admiración. Su manera de acompañar ese momento y a esa niña, su expresión tranquila y sonriente, su distancia física suficiente para no invadir el espacio de la niña pero suficiente a la vez para que aquella niña se sintiera acompañada y segura, y en definitiva su manera de respetar lo que esa niña necesitaba, me llevó a concluir que esa madre había entendido muy bien que probablemente su hija necesitaba experimentar aquello que aunque tan infantil y regresivo resultara, tan reparador era. Precisamente porque con probabilidad en su lugar de origen no tuvo la oportunidad de hacerlo en su momento, al menos de una manera segura.  Cuando la madre consideró que debían marcharse, solo tuvo que pedírselo amablemente y sin rechistar la chica se levantó y caminó hacia ella, saliendo juntas de aquella tienda. Pienso que mucha gente en el lugar de esta madre hubiese intentado corregir, regañar, censurar, invadir, hasta levantar la voz. Tal vez movilizados por la vergüenza, o la culpa, tal vez por la angustia, o por la ansiedad y la urgencia por rectificar, reeducar y corregir, o tal vez por todo ello junto.

Quizá no sea tan extraño que ocurriera algo así y lo extraño es que nos paremos a reconocer y reforzar cuando un padre o una madre lo hacen bien. Estamos más acostumbrados a la crítica negativa, focalizando en aquello que consideramos “hace mal” y corrigiendo conductas y actitudes continuamente. Yo aquél día aprendí mucho, de la niña y de la madre. Para mi fueron las heroínas aquel día.

César Sánchez Prieto

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